LA ADOLESCENCIA EN LA POSMODERNIDAD

CRISIS Y OPORTUNIDADES

 

El siguiente ensayo del Licenciado en Psicología Juan Martín Núñez, dedicado a la orientación de los padres en su misión formadora de los adolescentes, aborda aspectos medulares de los desafíos descriptos en su anterior trabajo “Mensaje a nuestros hijos: prevención de adicciones”. Este ha merecido una valiosa ponderación de la Comisión Arquidiocesana de Minoridad del Arzobispado de Buenos Aires al destacar su importancia como mensaje esperanzado y positivo para la juventud en esta época de crisis.

 

Si aconsejamos a padres de adolescentes en esta época tan conflictiva, seguramente debemos tener en cuenta un cúmulo de factores que trataré de desarrollar brevemente en este ensayo.

Es menester comenzar por situarnos temporalmente: nos hallamos en la tan remanida posmodernidad. En la cultura occidental que básicamente se caracteriza por la coexistencia del capitalismo, la industrialización y la democracia, la posmodernidad sustenta en el fondo la muerte de las ideologías –sobre todo las progresistas, las utopías- apelando a un pragmatismo sin precedentes que cabalga sobre la impotencia explicativa de la razón, la orfandad de valores espirituales, la actividad política vaciada de concepciones idealistas y alejada de las reales necesidades de la gente, destacando más la imagen que la plataforma de propuestas; las falencias de la justicia que inventa cargos y persigue inocentes desvalidos mientras hace la vista gorda ante los corruptos culpables pero poderosos, todo apuntando a instalar un nuevo paradigma: el consumo hedonista, el puro placer mercantilista para unos pocos, mientras que para la gran mayoría restante solo queda la exclusión y marginación que van de la mano de la desocupación, los ínfimos salarios, la desprotección social, sanitaria, de educación y seguridad.

Asistimos entonces a una gran crisis de credibilidad de todo el sistema, que también abarca en su mayor parte a la adolescencia, un grupo social intrínsecamente idealista. Y este escepticismo deriva en una ética sin valores, donde “todo vale”,  todo está permitido, nada es bueno ni malo, nada es absoluto, todo es relativo y depende del criterio de cada uno. Hay un libertinaje moral, rige el dejar hacer, dejar pasar (como dice el tango: dale que va, si allá en el horno nos vamos a encontrar...).

Hay una sobresaturación de información, la mediocridad y superficialidad son totales. Cualquier modelo pechugona siliconeada o futbolista pelilargo con arito opinan sesudamente sobre cualquier cosa, azuzados por los medios de comunicación que fomentan el pasatismo y la banalidad con tal de vender más y con su morbosidad transforman a los noticieros en verdaderas galerías del horror.  Nos atiborran con entretenimientos y timbas de toda laya, culebrones soporíferos y series y  películas de tremebunda violencia.

Se propugna el consumismo a ultranza.  Al lado de las villas miseria, favelas y bolsones de pobreza coexisten las autopistas, los countries residenciales, los megashoppings, las fábricas con su polución y la destrucción ecológica. Sí, es la Biblia junto al calefón...

Todo se vacía de sentido, ya no es posible confiar en una verdad única y segura. Se nos quiere vender el modelo-éxito del “self made man” o yuppie americano, el “pasota” español, el “chanta” argentino.

Es el “hombre light”, diet, descafeinado, sin profundidad, sumido en una libertad irresponsable, propenso a la corrupción. Todo es posible porque todo está permitido.

Una obsesión

Esto ha creado una obsesión enfermiza: huir de los límites sanos, de los verdaderos valores y tareas de la vida, de la responsabilidad personal y social. Pero no fue gratuitamente, sino a costa de una gran angustia, desesperación y abrumadora sensación de vacío que llevó al auge e incremento de la tríada neurótica de nuestro tiempo posmoderno: la violencia-agresión, la depresión-suicidio, y  las adicciones (drogas, alcohol, sexo promiscuo, dinero fácil, juegos de azar, videojuegos, etc).

El hombre está encerrado en si mismo, cada uno conectado en su casa al gran chupete televisivo o la computadora; cada uno inventando sus propios códigos de conducta y valores, sin asumir responsabilidad personal en la construcción del bien común.

Se nos propone una adolescentización banal de la sociedad. Estamos sometidos a un permanente bombardeo de pautas y consignas inspiradas para colmo en aquellos aspectos parciales de la adolescencia más conflictivos y negativos: la irresponsabilidad, la fugacidad y superficialidad del compromiso, la indiscriminación, el consumismo irrefrenable y compulsivo.

 

La juventud es propuesta como único paradigma a imitar, se evade asumir la responsabilidad de la adultez, todo está sustentado en el aquí y ahora adolescente. Sólo importa el presente, no hay proyecto (del latín “pro-yectum”, lanzado hacia) de futuro, todo es efímero, importa más la cáscara, lo externo, la apariencia, que el contenido.

Esta irracionalidad posmoderna  tipo mercachifle también se refleja  en las normas personales que arbitrariamente cada uno establece: hay una ética pragmática que presenta al hombre cerrado en si mismo, dictándose sus propios valores.

Cualquier mención de algún absoluto externo y distinto es ignorado y vivido como una represión de su libertad.  Lo sociocultural es entendido como un enjambre de costumbres y valores que impiden en cierto modo cualquier juicio de valor específico. La religiosidad, cuando se la tiene, es  sustentada artificial y ritualmente, olvidando que una fe sin obras es una fe muerta. Los fanatismos y fundamentalismos dividen a los seres humanos y en nombre de Dios se cometen las peores atrocidades, desde las masacres étnicas, las guerras de conquista por las riquezas del suelo hasta los más sangrientos atentados terroristas.

Dimensión espiritual

La psicología apela a un criterio mecanicista y determinista de un efectismo fácil: un misterioso e inasible inconsciente hace que seamos títeres de los instintos sin que medie responsabilidad alguna de nuestra parte. Cualquier contratiempo basta para apoltronarse cómodamente en el diván, dejar que el tiempo pase  removiendo lejanos traumas y justificar así nuestra inacción mediante abtrusas interpretaciones psicoanalíticas que, en su positivismo y reduccionismo materialista, dejan de lado lo más importante: la dimensión espiritual del hombre.

 

Ante este panorama global es válido preguntarse:  ¿es entonces éste “el fin de la historia”, como dice Fukuyama?.  Si así fuera, como Humanidad estaríamos perdidos.

Por suerte todavía somos muchos seres humanos los que hacemos funcionar algunas neuronas aún no atrofiadas por este gigantesco cambalache y tratamos de mantener encendida una llama de  esperanza que ilumine y guíe al ser humano en su camino; también son muy numerosas las organizaciones no gubernamentales que desarrollan actividades cooperativas y solidarias cumpliendo con esta vital función de ayudar al prójimo, esclareciendo y mitigando así los dolores de su alma.

Siempre me pareció muy atinado destacar esta actitud con un bello ejemplo de raigambre platónica: en la mítica y antiquísima caverna de la Humanidad todo su interior es sombras y negrura. Si quiero desalojar la oscuridad, por más que la ataque con bombas, disparos de ametralladoras, obuses y morteros, no conseguiré nada.

 Pero bastará que ingrese y encienda un pequeño fósforo para que la oscuridad de miles de años se disipe y desaparezca. La luz del espíritu vence así a las tinieblas de la sinrazón y la ignorancia. Ese es el camino: educar, iluminar las mentes y los corazones.

 

Ante esta anormalidad posmoderna con su adolescentización social, para evitar confusiones es legítimo por otra parte recordar que, si bien la adolescencia está caracterizada por desarrollos, sentimientos y conductas a menudo atípicas y anormales, éstas son sin embargo propias de la edad y superadas paulatinamente a través del crecimiento y la maduración.

La adolescencia, que principia con la etapa de la pubertad cerca de los 10 años, es ese puente oscilante que se extiende entre las orillas de la niñez y la adultez.

 

En la pubertad empiezan los cambios físicos más acelerada y perceptiblemente, el desarrollo de la capacidad sexual, las manifestaciones sexuales secundarias (vello, cambio de voz) y un patrón personal de organización psicológica.

En la adolescencia temprana, ya cerca de los 14 años, comienza una búsqueda del equilibrio emocional para superar esa inestabilidad tan característica (“amores de estudiante,  flores de un día son”) y encarar una lenta definición de la propia identidad.

Comienza la elaboración de una escala personal de valores, aunque muy influenciada por el contexto grupal (hay una apertura mayor al mundo, a otros intereses sociales) por lo cual es de suma importancia para los padres acompañar a los hijos en la elección y conocimiento de su núcleo de amistades (por ejemplo, no son lo mismo los “skinheads-cabezas rapadas” que los jóvenes ecologistas).

El desequilibrio emocional combina factores hormonales y psicológicos, pues el adolescente vive tres duelos o pérdidas fundamentales: su cuerpo infantil,  su rol e identidad infantil y sus padres de la infancia. Todo cambia y empieza a verse desde una nueva perspectiva.

Esta gran alteración trae como consecuencia esa inestabilidad anímica, manejos psicopáticos, perturbaciones del pensamiento, personalidad esponjosa, identidades ocasionales, ansiedad y depresión.

Y  aquí es bueno reflexionar y rescatar entonces los aspectos positivos de la adolescencia. Si bien ésta es una crisis vital, recordemos que la sabiduría china representa la palabra crisis con un ideograma compuesto: una parte representa peligro, y la otra oportunidad.

Si bien esa edad enfrenta peligros y padecimientos, por otro lado es pletórica en oportunidades de descubrirse a si mismo, de forjar una sana identidad, de acrisolar los más elevados ideales, de cultivar los más nobles sentimientos, de descubrir el amor no sólo físico sino también profundamente espiritual, y comenzar a dar los primeros pasos en la verdadera vocación que se ejercerá plenamente en la adultez.

Familia

Para posibilitar todos esos logros será fundamental la familia. Los padres son los encargados, con responsabilidad indelegable, de ayudar a su hijo en su despliegue existencial.  Lo corporal se transmite mediante la herencia, y lo psicológico se encausa mediante la educación. Pero lo espiritual se manifiesta sólo en la realización de la existencia. La familia brinda reparo a la persona infantil que no puede existir por sí sola.

Los niños y adolescentes deben ser reconocidos como seres humanos diferentes; deben ser respetados sus derechos en su propia vida. Por ende, los  padres funcionan para ellos como modelos a seguir, mostrando con sus acciones los valores en que creen, pues lo que el hijo cree es lo que el padre hace, no tanto lo que dice.

 

La familia es la comunidad natural en la que el hijo se hace cada vez más libre, nace y es en ella educado hacia su libertad autodeterminada. Este despliegue de la libertad del adolescente presupone un paulatino desarrollo de la independencia y responsabilidad de su conciencia, que posibilita sus elecciones personales.

Debe ser acompañado por los padres (aunque les sea trabajoso) sin elegir por ellos, pero tampoco cayendo en el facilismo de desentenderse del tema.

Un justo y equilibrado término medio entre libertad e imposición es la más difícil tarea de los padres y la actitud más deseable: ni desatención que produzca el libertinaje o el escapismo, ni un autoritarismo que genere conformidad, indecisión, cobardía, traumas o rebeldía.

Límites claros y comprensivos  que cuidan y acompañan, son imprescindibles para el adolescente; y aunque él a veces no lo exprese verbalmente, los agradece y necesita íntimamente, pues son índice del valor e importancia que él tiene para sus padres. Son como las guías que posibilitan al retoño crecer rectamente hasta ser un árbol adulto.

Autoritarismo

El autoritarismo propicia el conformismo y la no creatividad. Ante su impotencia, el hijo puede tratar de huir o darse por vencido. Puede escaparse a través del abandono, soñar despierto, ver excesiva televisión,  adicciones, o retirarse cobarde e indeciso de la lucha por la vida, sintiéndose completamente dependiente e incompetente.

 

Por eso, la mejor conducta de los padres  ha de ser compartir con los hijos sus ideas, conocimientos y experiencia,  predicar más que imponer, sugerir más que exigir.

Al sentirse aceptado, el hijo se siente amado, lo cual estimula enormemente su crecimiento bio-psico-socio-espiritual. Para  hacerle sentir su aceptación deben emplearse las fórmulas de comunicación más adecuadas, más constructivas, más sanas, respetando su autoestima, siendo sensibles para captar sus propios valores, diciéndole  cotidianamente con gestos y palabras cuanto lo amamos.

 

El habla y la actitud amorosa curan y fomentan cambios positivos y permiten que pueda ir expresando  sus propios valores, refuerzan su autoestima y previenen sentimientos de poco valor  que podrían generar en un futuro conductas transgresoras o delictivas.

Debe inculcarse al hijo el no entregarse a la apatía ni al ocio, y que aún en medio de contrariedades la mejor actitud siempre va a ser la entrega de si y el servicio a una causa, a una misión. Esto es lo que dará sentido a su vida y lo hará sano mentalmente  al permitirle escuchar la voz de su conciencia, ”la  voz de la trascendencia”.

Por supuesto, vemos que todas estas sugerencias implican que los padres dediquen tiempo a sus hijos y esto a veces no es tan fácil. El tiempo es oro, pero pasa y no vuelve más. Las palabras no dichas, las caricias no dadas en el momento preciso, van a ser muy difíciles de realizar en otro momento, de plasmar esa situación en el futuro.

 

Debemos recrear la poesía, el asombro cotidiano  ante el milagro de ver y sentir crecer a nuestros hijos a nuestro lado. Todo a su tiempo, en su medida y armoniosamente.

El estar inmersos en la lucha cotidiana por subsistir, o luchar para pagar la hipoteca o comprar el segundo coche  (a distintos niveles económicos), pueden llegar a ser obstáculos que deben ser superados aún a costa de sacrificios.  No hay tarea más ardua, comprometida y trascendente para un ser humano, que desempeñar el rol de padres y llevar adelante una familia. Esto fue y seguirá siendo un pilar de la evolución humana,  así de cierto es que la familia es la célula básica de nuestra sociedad.

Resurgimiento

Por más adelantos tecnológicos que sigan produciéndose, nada podrá nunca reemplazar en importancia al ser humano. Está próxima la superación de la posmodernidad como propuesta  incoherente  e insuficiente que se agota  en sí misma.

Se avizora  un resurgimiento espiritual; cuatro áreas del saber humano ocuparán un lugar preponderante y fundamental en este nuevo siglo que hemos comenzado a vivir: la psicología humanista y trascendente; la educación; la filosofía y la religión.

 

La adolescentización posmoderna será reemplazada por una visión psicológica más adulta e integrada del ser humano, a quien definitivamente se le reconocerá un destino espiritual: el supremo bien. De la adolescencia se rescatarán y profundizarán sus aspectos más positivos: su intrepidez, su creatividad, su solidaridad, su idealismo desinteresado.

En este campo psicológico, los postulados de la logoterapia de Víctor Frankl  constituirán un importantísimo aporte, al concebir al hombre como un ser integrado bio-psico-socio-espiritual, con una libertad responsable y orientado a la trascendencia, realizando los valores de creación (obras), vivenciales (amor, belleza) y de actitud (conducta ante el sufrir, la muerte), siempre en la búsqueda del sentido de la vida.

 

La educación estará entonces dirigida  a formar la conciencia de responsabilidad, a fomentar el surgimiento de la intuición en la conciencia individual como instrumento que permita descubrir la jerarquía de valores trascendentes, mediante los cuales puedan tomar las decisiones existenciales más adecuadas.

Así, aunque los valores tradicionales hayan caído, esta madurez de conciencia permite igual al hombre descubrir los sentidos únicos de la existencia y cumplir su misión en el mundo. Será una educación para el espíritu, no meramente informativa.

La eterna pregunta filosófica “¿quién soy?”, tendrá respuesta y nuevos y vastos campos de conocimiento se abrirán ante el pensador.

 

 

Los estudios sobre filosofía oriental y religiones comparadas permiten vislumbrar un creciente acercamiento entre Oriente y Occidente, dado que más allá de las diferentes concepciones culturales se abre paso la idea de una sola humanidad, unida por un destino común: realizar su esencia espiritual; de lo cual vimos un indicio en el Segundo Parlamento Mundial de las Religiones celebrado en 1993 en Chicago, EEUU  con la presencia de todos los más importantes credos mundiales, donde se aprobó una ejemplar Declaración de Ética Mundial.

Se  sabrá fehacientemente que el nihilismo ateo, la nada, a nada conduce. La religión (del latín “re-ligare”, re-unir) será menos pomposa, dogmática y ritualista; se mostrará más práctica realizando los mandamientos del humilde carpintero de Galilea (“por sus obras los conoceréis”) y constituirá realmente un puente de unión entre la criatura humana y su creador.

Será reconocida científicamente la existencia del alma y de Dios en sus aspectos inmanente en el ser humano y trascendente en el universo; decrecerán las diferencias religiosas externas y se incrementará en cada ser humano la vivencia interna de los atributos divinos de luz, amor y sabiduría, junto con la íntima convicción de estar transitando, acompañados por el prójimo, un camino de evolución espiritual.

 

Los valores cristianos (esencialmente buenos) irán prevaleciendo mundialmente; la solidaridad y la fe con obras se harán carne en cada uno de los seres humanos y superarán  las debilidades y flaquezas que puedan existir en las instituciones y sus estructuras.

Todo esto traerá profundos cambios en la conducta del hombre. Su vida  se reorientará y resignificará espiritualmente, dejando atrás su egoísmo y sus afanes individualistas. Sus miras serán cada vez más elevadas, y esto se reflejará en la comunidad organizada con una efectiva justicia social que mediante una equitativa distribución de las riquezas asegure una vida digna para todos, surgirán metas altruistas y solidarias, rectas conductas humanas y buena voluntad a nivel planetario.

Por lo tanto, es menester asumir como padres, las sacrificadas pero también gratificantes responsabilidades a que esta visión esperanzada nos convoca. 

 

                                             Licenciado en Psicología (UBA) Juan Martín Núñez   ?

 

 

 

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